Por fin la sociedad ecuatoriana empieza a valorar el bioconocimiento. 

Bioconocimiento-en-tierra-de-gigantes-y-tesoros-ocultos

Un tesoro mayormente oculto para la ciencia y la sociedad por siglos. Para quienes —unos pocos— generan nuevos conocimientos biológicos en Ecuador, es la oportunidad de nuestras vidas para explorar un universo sin fin, pletórico de descubrimientos y emprendimientos. No obstante, está claro que el camino de la ciencia y tecnología en Ecuador es todavía una ruta poco institucionalizada, incierta, y llena de curvas peligrosas, piedras y lodo. El camino azaroso del pasado y los prometedores planes del Estado Ecuatoriano aportan los ingredientes necesarios para la nueva sociedad del bioconocimiento, por lo que el reciente hallazgo de un espécimen del sapo gigante de Blomberg  (Rhaebo blombergi) y una perenne y amarga queja de la comunidad científica ecuatoriana (Swing et al., en prensa) involucrada en el inventario y estudio de la biodiversidad nos ayudan a ilustrar una pequeña porción de lo bueno y lo malo en esta ruta en construcción.

 Corría el año 1950 cuando el naturalista sueco Rolf Blomberg (radicado en Ecuador, y más conocido en el mundo de la fotografía y filmografía documental) mencionó a investigadores del Museum of Natural History de Stanford (USA) los reportes orales de nativos, sobre la existencia de un sapo gigante que supuestamente habitaría en Nachao (Departamento Nariño, sur de Colombia). En agosto de 1950, Blomberg emprendía, a lomo de mula, su búsqueda a 90 km al noroccidente de Pasto. A su retorno a Quito, en septiembre, tenía un sapo de cerca de 20 cm de longitud rostro-cloacal, a pesar de que los nativos hablaban de especímenes del doble de tamaño. Un segundo intento de Blomberg, en Mayo de 1951, llevaría al hallazgo de otros 3 individuos, enviados vivos al New York Zoological Park, el mayor de los cuales llegó a medir 23 cm. Estos 4 sapos sirvieron para que Myers y Funkhouser describan por primera vez a esta especie. Lo hicieron con un homenaje a su recolector —al acuñar su apellido en el nombre científico (lo cual le hizo inmortal)—, en la publicación Zoologica Scientific Contributions of the New York Zoological Society, en Diciembre de 1951. Este evento, que causó sensación entre los naturalistas, dió paso a subsecuentes búsquedas. Una de ellas, en 1953 a Madrigal (Nariño), encabezada por el mismo Blomberg, para una producción cinematográfica y con el fin de satisfacer los encargos de parques zoológicos.

Fue un viaje lleno de dificultades, de cuatro días a caballo, en peligrosas sendas y al borde de abismos que producían vértigo, según lo relata Rolf en el capítulo “Sapos gigantes y ranas venenosas” de uno de sus libros. Luego de tres días y cuatro noches de búsquedas se hallaron 3 sapos, uno de ellos de más de un kilo. Fueron enviados a Gotemburgo en Suecia. A estos encuentros se sumaron unos pocos más hasta el 2001 en las provincias de Esmeraldas, Carchi e Imbabura. Aquellos especímenes fueron depositados en el National Museum of Natural History del Smithsonian Institution (USA) y en museos en Quito. Estudios recientes de ejemplares en el British Museum revelan que los primeros sapos de esta especie provienen de Ecuador y fueron recolectados en 1856 por el naturalista Británico William Rosenberg en Urbina (Esmeraldas) y Paramba (Imbabura). Paradójicamente y aparte de estos hallazgos esporádicos es poco lo que se sabe de esta especie. Por ejemplo, en 1974, 1975 y 1980 se publican datos de su cría en cautividad en los zoológicos de Brownsville y Los Angeles en USA y de Krefeld en Alemania. Un espécimen vivió 28 años y 8 meses en el National Zoological Park en Washington. Por otra parte, debido a su rareza, su pequeño rango de distribución y a la devastación que sufren los bosques chocoanos, ha sido categorizada como En Peligro en la Lista Roja de Anfibios Ecuatorianos.

 Desde el hallazgo de Blomberg han pasado 64 años y penosamente, aunque cueste reconocerlo, hemos avanzado muy poco en su conocimiento, y menos aún en descubrir los tesoros ocultos de su ecología, evolución, historia natural, ADN, o en develar el contenido de sus inmensas glándulas parotoides (probablemente llenas de tetrodotoxinas, potencialmente útiles en pacientes de cáncer) o los conocimientos ancestrales que seguramente poseen los indígenas Awa, quienes por milenios han convivido con estos gigantes del Chocó. Las razones de su gigantismo y su verdadero tamaño máximo son tareas aún pendientes, pues el espécimen más grande conocido de Ecuador es el descubierto recientemente por el biólogo ecuatoriano Elicio Tapia, el cual mide 23 cm y se cría en el Centro Jambatu. 

Este promisorio hallazgo del 2014 toma relevancia en el contexto del impulso al bioconocimiento, biotecnología, y biocomercio del Plan Nacional del Buen Vivir. Sin dificultad empiezan a rondar en las cabezas de varios biólogos potenciales proyectos asociados a esta especie en temas como biosprospección, biomedicina, biocomercio, bioinformática, conservación, genómica, trascriptómica, proteómica, secretómica, etnozoología, manejo ex situ, etc. La creatividad empieza a volar en este universo de posibilidades de investigación, cuyo único límite es la imaginación humana. No obstante, abruptamente las ideas tienen que parar pues del otro lado y navegando en contra está el Estado, dueño de este tesoro, el cual en general ha sido uno de los principales impedimientos para el desarrollo de la investigación en el Ecuador. El estado no solo que no aportó con recursos sino que sometió a los científicos a una legislación inadecuada para regular su acitvidad (ej. TULAS, normativas de accceso a recursos genéticos inconclusas e inaplicables). Estas leyes han sido malas, malentendidas y mal aplicadas, lo cual ha impedido el inventario de la biodiversidad, convirtiendo la obtención de permisos de investigación en un maremágnum para investigadores nacionales y extranjeros (la mayoría de estos últimos abandonaron sus estudios en Ecuador), quienes han sido tratados como potenciales criminales.

En procesos históricos similares, el mismo fenómeno ha sido común en muchos países de América Latina. Por ejemplo, así lo delata el Dr. Fernando Fernández en su artículo titulado “El mayor impedimento para el estudio de la biodiversidad en Colombia.” (Pdf).  También lo discuten Kelly Swing y colaboradores en la publicación titulada “Las colecciones científicas: percepciones y verdades sobre su valor y necesidad” Según ellos  “En Ecuador se han catalogado aproximadamente 75000 especies de organismos vivos macroscópicos y se estima someramente que esta cifra representa menos del 10% de la diversidad biótica del Ecuador, la cual alcanzaría más del millón de especies. En países como Ecuador, este problema es relativamente más grave pues al tratarse de un país megadiverso, la escasez de inventarios completos de su diversidad biológica y por tanto de colecciones científicas apropiadas impone serios límites para su investigación y conservación, y para la generación de conocimiento biológico, y en último término socaba el desarrollo y buen vivir humanos.”

Parece ser el momento propicio para las ya anunciadas nuevas políticas y reglamentos, las cuales deben eliminar las trabas burocráticas y promover el desarrollo científico y tecnológico, para dar paso a la creatividad y emprendimiento en museos modernos de historia natural, bancos de recursos genéticos, centros e institutos de investigación. Es tiempo ya de respetar los derechos de los científicos, acreditar a investigadores e instituciones para garantizar la libertad de investigación en la generación de bioconocimiento. También es tiempo ya de proteger los derechos patrimoniales de propiedad intelectual de los investigadores (inexistentes en la práctica). Estas son tareas gigantes e impostergables en la búsqueda de nuestros tesoros escondidos.

 

Por: PhD Luis A. Coloma

“Actualmente es Investigador de la Universidad Regional Amazónica IKIAM, Director del Centro Jambatu de Investigación y Conservación de Anfibios (Fundación Otonga) y Presidente de la misma Fundación”