Lo creíamos extinto pero no, el Jambato negro del páramo reapareció.

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La resurrección es lo más cercano a un milagro, si de fé se trata. Pero, en el mundo de la ciencia los milagros no existen, por tanto decir que Atelopus ignescens resucitó sería pseudocientífico. Sin embargo, utilizo la palabra resucitó en sentido coloquial para anunciar al Ecuador y al mundo que el sapo Atelopus ignescens reapareció de las tinieblas después de tres décadas de una ausencia con sabor a extinción. Es un resurgimiento inesperado y trascendente, una inmensa sorpresa para la academia y la gente común, especialmente para aquella que valora la vida en su formas más humildes.

Esta especie de sapo o Jambato (no confundirlo con otras especies a las que también se les ha asignado el nombre común genérico de Jambato) fue recolectada por primera vez proveniente de “locis humidus circa Latacunga prope Quito” por el Italiano Gaetano Osculati el 26 de Abril de 1847 y fue bautizada en 1849 por el también Italiano Cornalia. Fue el primer sapo que para el mundo de la ciencia se conoció proveniente del Ecuador. Su nombre científico ignescens deriva del Latín, el presente participio de ignēscō que significa “coger fuego, arder, llamear, encenderse, brillar”, presumiblemente por el color naranja-rojo del vientre. Su peculiar morfología adaptada a caminar (más que a saltar) y a nadar en ríos torrentosos, las pústulas de su piel y sus colores fueron moldeados a lo largo de millones de años de evolución en los páramos y valles de la inmensa avenida de los volcanes en el norte de Ecuador, en las provincias de Imbabura hasta Bolívar y Chimborazo. En sus hábitats eran tan abundantes que había que tener cuidado de no pisarles. Marcos Jiménez de la Espada, un célebre científico español, que exploró el Ecuador a finales del siglo XIX, relata con minuciosidad de su abundancia y algunos aspectos de su historia natural:

“Veíamos sus individuos a millares [...]cerca de los arroyos, charcas o lagunas. A orillas de la nombrada de la Mica, en el Antisana, comenzando el año de 1865, los sorprendí en la época de sus amores, y cuando los machos buscan a las hembras para ayudarlas al desove ó fecundar los huevos. Perseguíanlas [...]tan ciegos, que, luchando por conseguirlas, al alcanzarlas, rodaban en pelotones, y revueltos unos con otros”

Por su parte Edward Whymper, alpinista y explorador Inglés, en su libro “Viajes a través de los majestuosos Andes del Ecuador” publicado en 1892, menciona que lo único que vieron perteneciente al reino animal en los alrededores del Volcán Cotopaxi en un campamento ubicado a 4100 m de altitud fue una rana, Atelopus ignescens, que estaba en todas partes.

El jambato negro siempre vistió de luto, como presagiando su obscuro destino, la ruta de la extinción. ¿Quién de nuestros padres o abuelos oriundos de la Sierra Norte de Ecuador no recuerda con nostalgia los miles de jambatos negros que deambulaban como plaga en los días lluviosos de los páramos y valles interandinos? Un 15 de Mayo de 1985 mis progenitores observaron miles de ellos a lo largo de un kilómetro de carretera en la vía Guaranda-Ambato. Los sapos migraban a reproducirse en el río que los vió nacer. Sobra decir que fue su última travesía. Diego Lombeida (2005, Terra Incógnita) rememora a los añorados Atelopus ignescens y nos cuenta lo siguiente: “Por aquel entonces (los setentas del siglo pasado) este sapito era todavía bastante común. Cuando comenzaron a escasear durante los ochentas, la gente opinaba que desaparecieron por la visita del Papa Juan Pablo II o por el terremoto de 1987. Por otro lado, en ciertos lugares de la sierra, los campesinos creen que los jambatos no han desaparecido, sino que se han convertido en lagunas. Y es que estos sapitos andinos tenían su lugar en nuestras vidas. En la provincia de Imbabura, por ejemplo, matar un jambato era pecado. Y por algo sería. Se los usaba para curar sarnas y verrugas, y mi abuelita solía enviar a mi abuelito con la misión de cazar jambatos vivos, que luego se ponía en la frente para aliviar las jaquecas. Pero ya no se los ve más y la gente joven ni siquiera los recuerda”. Los mismos jambatos de los que nos habla Lombeida eran también utilizados de vez en cuando para curar el espanto o para llenar las ollas encantadas dedicadas a las cumpleañeras de la época. Los jóvenes más avezados los usaban para afinar la puntería con sus catas.

El jambato negro de páramo Atelopus ignescens fue un icono del Área Nacional de Recreación El Boliche, Parque Nacional Cotopaxi, Reserva de Producción Faunística Chimborazo, Reserva Ecológica Antisana, Reserva Ecológica Cayambe Coca, Parque Nacional Llangantes, Reserva Ecológica Los Ilinizas. Estas inmensas áreas protegidas naturales del estado Ecuatoriano eran el hogar perfecto de estos sapos. Sea como sea ahí vivían aparentemente muy felices y protegidos de la devastación ambiental, socialmente aceptada, que normalmente ocurre fuera de las áreas protegidas. Precisamente estas reservas fueron su sepulcro, después de un fenómeno de declives poblacionales y extinciones súbitas de ranas y sapos ocurridos especialmente a finales de los ochentas y en los noventas. Un 30 de marzo de 1988, hace ya 28 años esta especie fue vista por última vez en los páramos al este de Cayambe. En ciudades como Quito el registro más reciente de su presencia data de 1983, en Chillogallo. Estas desapariciones catastróficas afectaron a no menos de 200 especies de anfibios en el Ecuador y a miles de especies en el mundo. Las mismas han sido atribuidas especialmente al cambio climático global, a patógenos oportunistas y otros factores que solos o en sinergia actuaron para llevarse en poco tiempo este patrimonio de la humanidad.

En 1989 el mundo científico, en el Primer Congreso Mundial de Herpetología en Inglaterra, escuchó con asombro de la desaparición repentina del jambato Atelopus ignescens del Ecuador, del sapo dorado en Costa Rica Incilius periglenes, de la rana incubadora gástrica Rheobatrachus silus en Australia y de muchas otras especies. Pronto el jambato negro se convirtió en bandera de lucha de la ciencia por entender lo que estaba pasando y de encontrar las causas de la extinción. Un equipo de científicos ecuatorianos pusimos manos a la obra y aportamos con un cúmulo de información relevante sobre la desaparición de Atelopus ignescens y otras numerosas especies. Intensas búsquedas en los páramos de Antisana, Papallacta y muchos otros sitios fueron infructuosas. Su ausencia era obvia. Sin embargo, la esperanza de encontrar a esta y otras especies desaparecidas siempre estuvo latente. Por ejemplo, en el 2010 fueron incluidas en la lista de las especies más buscadas a través de una desesperada campaña mundial para encontrarlas, liderada por la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza y Conservación Internacional. Los resultados fueron, en general, desalentadores. Por ejemplo, la rana incubadora gástrica no ha sido localizada en la naturaleza desde 1981 y ahora es parte del proyecto “Lázaro” que intenta resucitarla mediante técnicas de clonación, aunque todavía sin éxito.

La aparición de una población relicto de Atelopus ignescens que aquí se informa, es tal vez uno de los hallazgos más importantes de este nuevo siglo no solo por la oportunidad que se abre de salvar a este especie de su inminente extinción sino por lo emblemático de esta especie, que como otras reencontradas recientemente (por ejemplo, Atelopus bomolochos, Atelopus nanay, Atelopus nepiozomus), nos plantean el reto de salvarlas, el desafío de hacer bien las cosas.  Científicos del Centro Jambatu de la Fundación Otonga y Universidad Regional Amazónica IKIAM somos los artífices de este redescubrimiento, en el marco de un ambicioso proyecto con el Ministerio de Ambiente que nace con el fin de conservar la diversidad de anfibios ecuatorianos y usar sosteniblemente sus recursos genéticos. Un apasionado cura Salesiano y una familia campesina, llenos de fé, sonaron las campanas que anunciaban la presencia del Jambatiug, Caballito de Dios o Castillo en tierras que por ahora conviene mantenerlas en el anonimato y que oportunamente serán conocidas. A su llamado acudimos, incrédulos, Giovanni Onore y el autor de este artículo, luego se sumó Elicio E. Tapia. Ahí estaba el jambatito negro azabache, tal y como lo vimos en aquellos tiempos de juventud. El imaginario popular ya murmura que su aparición es un milagro del nuevo santo Juan Pablo II, prodigio que coincidentemente ocurre justo después del violento terremoto en Ecuador.

Todavía no salimos del shock de su reencuentro. Estamos atentos a las reacciones y acciones más apropiadas de científicos, conservacionistas, comunidades campesinas, ciudadanos, organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, ecuatorianos y extranjeros. Esta es una oportunidad tal vez única e irrepetible de salvar a una especie tan querida y emblemática. Mientras aguardamos me permito soñar a futuro con el Buen Vivir: “millones de jambatos negros deambulando nuevamente en todas las áreas verdes de Cayambe, Quito, Latacunga, Ambato, páramos y valles interandinos y por supuesto en los parques nacionales y áreas protegidas, y habrá que caminar con cuidado para no pisarles.”

Por: PhD Luis A. Coloma

“Actualmente es Investigador de la Universidad Regional Amazónica IKIAM, Director del Centro Jambatu de Investigación y Conservación de Anfibios (Fundación Otonga) y Presidente de la misma Fundación”