Por: Cristopher A. Celorio y Odalys S. Heredia

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En los albores de este nuevo siglo, los logros y progresos de la investigación y desarrollo científico alcanzan una velocidad vertiginosa. Así, cada día, se consiguen nuevos descubrimientos e inventos que llegan más allá de lo que nunca se hubiese creído posible. Quizás no haya observación más apropiada para explicar el vértigo de la ciencia, que la afirmación del Koichiro Matsuura, quien alude que el mejor ejemplo de los arrolladores avances científicos es la clonación; que hace tan solo una generación se relacionaban con la ciencia ficción pero hoy en día se convierten en nuestra nueva realidad.

La clonación ha existido desde siempre y de forma natural en todo tipo de células como bacterias, virus, o incluso en seres multicelulares como ciertos gusanos. Sin embargo, la clonación dirigida por la intervención humana parecía imposible hasta 1952, cuando Robert Briggs y Thomas King establecieron la técnica de transferencia nuclear en células somáticas de anfibios.

Briggs y King extrajeron los núcleos de células de embriones de rana, lugar donde se alojan las instrucciones para construir un organismo, y las insertaron en un óvulo al cual se le había retirado su núcleo original. Cuantas veces se insertaba un núcleo de célula embrionaria en un óvulo, era posible crear una copia exacta de la misma rana. Esta técnica, sin embargo, no era viable cuando se extraían los núcleos de células de tejidos maduros (esto es células somáticas y no embrionarias), ya que en este tipo de células parte de su código genético ya había sido activado y no había ninguna manera de revertirlo. Esta realidad marco una paralización en los avances científicos relacionados a clonación de organismos; en especial, la posibilidad de clonar animales adultos y no solo embriones.

En 1970 John Gurdon clona con éxito un renacuajo a partir de una célula somática reactivada, lo que significa que existe la posibilidad de revertir el proceso de especialización de una célula madura. La técnica de Gurdon dispuso nuevas posibilidades para la clonación de animales adultos, cuya conclusión llegaría veintiséis años después con el nacimiento de la oveja Dolly.

Ian Wilmut realizó la inserción del núcleo de una célula mamaria inactiva de una oveja Finn Dorset en un ovulo enucleado de una oveja Scottish Blackface, hasta obtener las primeras células que componen un embrión e insertarlo en el útero de la madre portadora. De un total de 277 embriones reconstruidos, solo 29 pudieron ser implantados en madres portadoras y únicamente uno tuvo una gestación normal, cuyo resultado fue la oveja que conocemos como Dolly.

En años posteriores a Dolly, el desarrollo de las técnicas de clonación tuvo considerable auge y fueron clonados multitud de animales como gatos, vacas, cabras, ratones, cerdos, conejos, caballos entre otros. Existen animales que marcaron hitos para el futuro de la clonación como el caso del Banteng en peligro de extinción, o Polly y Patagonia que fueron modificadas con un gen humano y luego clonadas. Esta nueva realidad tecnológica crea expectativas en biofarmacología y en la protección de la biodiversidad. Sin embargo, queda una importante pregunta por meditar: ¿Qué protagonismo histórico desempeñamos los latinoamericanos en todo esto? Con limitadas excepciones, como Patagonia, lo aterrador de la clonación es el hecho de que nuestra cultura y sociedad latinoamericana permanece al margen de estas poderosas tecnologías.

Cristopher Celorio Carvajal

Por: Cristopher Celorio Carvajal

Cristopher Andrew Celorio Carvajal nació en 1997. Actualmente es estudiante de la universidad Regional Amazónica IKIAM en Ecuador. Sus intereses académicos incluyen a las modificaciones genéticas en animales y plantas, además de bioproductos para la industria vanguardista.